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LOST

Alfredo Joignant

Publicada el: 22/03/2010


La Segunda, lunes 22 de marzo de 2010

En la exitosa serial Lost, de la que soy un anómalo fanático, se narra la historia de un grupo de personas que sobrevive a un accidente aéreo en una misteriosa isla. Durante meses, estos náufragos se encuentran sumidos en la confusión, intentando comprender el extraño lugar en el que se encuentran, aprendiendo a sobrevivir en él, en un entorno plagado de habitantes hostiles. Para ello, elaboran toda clase de tácticas, inventando en la urgencia una nueva forma de vida. Pese a todo, algunos logran confusamente escapar de la isla, sin que esto les permita volver a vivir en un mundo de normalidad, razón por la cual retornan al lugar del naufragio para resolver sus preguntas y dirimir sus culpas.

Si bien aún no se conoce el desenlace de la serial (quedan 12 capítulos), varios de sus argumentos se encuentran presentes en la confusa vida concertacionista. Al igual que el grupo de náufragos, la Concertación, refugiada en sus partidos y sobre todo en el Congreso, exhibe un extraño comportamiento, defensivo y contradictorio. En este contexto de sobrevivencia, el que perdurará durante meses, dominará el espíritu táctico y una que otra astucia para enredar a un gobierno también confundido con las expectativas generadas por su eslogan “la nueva forma de gobernar”. No tengo dudas que la táctica bastará para sobrevivir exitosamente durante el 2010, pero será completamente insuficiente si lo que se quiere es superar el traumatismo del naufragio.

La Concertación, o como quiera que se le llame en el futuro, debe aprovechar este trágico año del bicentenario para volver a pensar en términos estratégicos. Inevitablemente, esto supondrá para cada partido experimentar su propio duelo, y elaborar sus propias definiciones, preguntándose a quién se desea representar, qué ofertar y cómo hacerlo. Este ejercicio, casi de anamnesis política, debe fundarse en un balance de lo obrado y gobernado durante 20 años, identificando aquello que produjo satisfacción partidaria, pero también malestar y frustración. Tras la anamnesis, habrá que volver a pensar a escala de coalición, discrepando y deliberando, suponiendo que los caminos propios y las coaliciones chicas constituyen preferencias irracionales si lo que se pretende es recuperar la hegemonía social y electoral a partir de las elecciones municipales del 2012. En cualquier caso, el tiempo total de la anamnesis y de las definiciones estratégicas de la coalición debe concluir a más tardar en diciembre.

Pensar estratégicamente no es simple. Durante los 80, un importante grupo de dirigentes políticos e intelectuales intercambió durante años ideas políticas e ideas de política, tras lo cual se desembocó en una coalición en forma y en un programa mínimo de gobierno. Hoy por hoy, los dirigentes políticos no lograrán escapar de la condición de náufragos si no se dan el tiempo, mental y material, para dialogar con aquella comunidad universitaria que se identifica como de centro-izquierda, pero no con los partidos. La reconstitución de algunos think tanks clásicos de la era pre-concertacionista constituye una buena señal, pero es insuficiente si no se construyen correas de transmisión con el vasto mundo intelectual que la política partidaria desconoce. Nunca antes había existido en Chile tanto capital intelectual de centro-izquierda, como tampoco se había observado tanta indiferencia de los intelectuales por la política. De la reconstitución de este vínculo depende, finalmente, el destino de la centro-izquierda y de todos sus partidos. Y de los partidos depende si las ideas importan para hacer política de largo aliento, aquella que se toma en seria las exigencias de un proyecto y no sólo de un programa.



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