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Los «tea party patriots» chilenos

Alfredo Joignant

Publicada el: 19/04/2010


La Segunda, lunes 19 de abril de 2010

En una reciente columna, Axel Buchheister lamenta la decisión del nuevo gobierno de elevar los impuestos, calificándola como un planteamiento no sólo errado, sino que también ajeno a una visión de centroderecha. No muy distinta es la opinión de J. Novoa y H. Büchi, quienes incluso expresan inquietud por el futuro de la alianza gobernante. ¿Es ésta, realmente, una “guerra falsa”, en la que la derecha en el gobierno no propone su “verdadera” concepción económica, haciendo propia la aproximación adversaria?

Más que una guerra falsa, lo que esta controversia expresa es una batalla por la hegemonía: la confrontación entre visiones antagónicas, o mejor dicho ideológicas, en la que se enfrentan de modo aún rústico dos o más definiciones de la solidaridad, del crecimiento y de la desigualdad, apelando a lo que supuestamente sostiene “la mayoría de los economistas” (según Novoa). En tal sentido, se trata de una excelente controversia, saludable aunque imperfecta, porque no aclara todo lo que se encuentra en juego.

Un solo ejemplo: ¿cuál sería la “verdadera” concepción económica de la derecha en materia de impuestos? ¿Será algo así como soluciones privadas para los problemas públicos, lo que tiene enormes consecuencias para la definición de derecha de la solidaridad? Sería deseable que cada autor, o actor, que se pronuncia sobre esta materia justifique de una vez la propia posición, el interés y la concepción de la vida buena que se encuentran involucrados. En Estados Unidos, con ocasión del paquete de medidas financieras anunciado por el Presidente Obama, en 2009, con el fin de ir en ayuda de las personas que estaban perdiendo sus hogares por no poder pagar sus préstamos inmobiliarios, se alzaron similares voces de alarma por parte de la derecha (los tea party patriots). El argumento era por qué los ciudadanos más protegidos (o precavidos) tendrían que subvencionar a los losers en tiempos de crisis. Dicho en clave de solidaridad: el gobierno no tiene derecho a forzarme a ser caritativo, ni menos a ser solidario. Pues bien: he allí una buena razón, ideológica, para entender por qué la Concertación, en el contexto de nuestra criolla catástrofe, alberga dudas respecto de uno de los componentes del plan anunciado por el Presidente Piñera: convengamos que incentivar tributariamente las donaciones, que es lo que uno de los proyectos del gobierno contempla, desnaturaliza el acto de donar, puesto que con los incentivos ya no estamos exactamente hablando de donaciones. Al igual que con la industria de la solidaridad y de las cenas de Pan y Vino del Hogar de Cristo, la auténtica donación debiese circunscribirse al acto gratuito (lo sabemos por Durkheim y Mauss), y no a la acción interesada, cuyo irrealismo en Chile obliga a pasar por la ley y a bifurcar siguiendo la lógica de los incentivos. Y como la gratuidad del acto de donar y la espontaneidad de la solidaridad a gran escala son opciones irrealistas, y hasta irracionales, entonces se entiende la preferencia gubernamental por elevar —aunque transitoriamente— los impuestos.

En cuanto a la Concertación, ésta tiene escaso margen para no aprobar el alza de los impuestos, y mucho espacio para expresar convicciones respecto de lo que donar quiere decir. Más que una guerra falsa, es una verdadera batalla la que se juega en los lamentos de unos, los temores de otros y las reservas de tantos más. Ojalá que la política activa se apropie de esta controversia, y se nutra de ella para renovar a todos los partidos, especialmente a los que forman parte de la Concertación. Este es el verdadero cónclave, en el que deben pronunciarse papas, papábiles, sacerdotes, teólogos y fieles.



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