COLUMNAS:

Buscar columnas:

Ingrese un criterio de búsqueda:


Temas Expansiva UDP


Columnas

Maestros chasquillas

José Miguel Benavente

Publicada el: 30/04/2008


Diario Financiero, martes 29 de abril de 2008

Suponga que de usted depende contratar una nueva persona para su empresa. Si se tratara de un puesto para el cual necesita a alguien con poca experiencia, un candidato con su cartón de la Universidad de Chile o la Católica, le dará más información acerca de sus competencias comparado con un postulante con un título de Universidad de Menetué. Peor aún, alguien que se presente sin cartón tendrá pocas posibilidades de obtener el puesto, no porque sea un mal candidato sino porque quien lo contrata no puede saber acerca de sus capacidades ni competencias. Y resulta caro averiguarlo: sicólogos, pruebas, entrevistas entre otras prácticas costosas.

Piense ahora que usted está a cargo de las contrataciones de los crupier para el nuevo casino en Palguín Bajo. O que necesita de soldadores TIG para lo cual no existen cartones universitarios ni tampoco institutos técnicos que acrediten estas competencias. ¿Cómo sabe quién es bueno y quién no tanto, o cuál es la persona más idónea para la pega que usted ofrece?

Ello resulta de gran relevancia en un país donde de cada tres trabajadores, dos de ellos no tiene como hacerle saber a sus futuros empleadores sobre sus capacidades, competencias y destrezas de manera de que se les compense en forma acorde a dichas cualidades.

Este problema es similar al que enfrentan nuestros propios empresarios en los mercados internacionales cuando literalmente tiene que regalar(se) los primeros productos para que los consumidores aprecien la maravilla que son. Esta situación, denominada asimetría de información, trae como consecuencias, entre otras, un comportamiento oportunista de quien
compra (pagando poco o nada), a veces de quien ofrece (gato por liebre) o ambas a la vez lo que dificulta más los grados de confianza necesarios para que la transacción se efectúe.
La confianza, en este contexto, no es más que un remedio a la falta de información entre ambas partes.

¿Qué hacer entonces? Certificarse, obviamente. De ser así, quien ofrece una pega sabe a quien está contratando reduciéndose las probabilidades de pasteles expost. Quien postula, señaliza quién es y podría exigir una recompensa de acuerdo a sus capacidades. Pero ¿qué sucede con aquellas labores u oficios para las cuales no existe hoy una certificación: gasfiter, soldador, pintor, estafeta, vigilante; hasta el maestro chasquilla, ¿cómo hago saber que tengo competencias de chasquilla?

Cada uno no puede generar la norma, aunque de facto muchos lo intentan. A los que contratan tampoco les conviene, pues no es barato hacerlo, y un tercero se aprovecharía
del proceso. Y aunque algún benévolo lo hiciese, ¿quién entrenaría a las personas que quieren certificarse bajo esa norma?

Aquí hay un tremendo espacio para el accionar de la política pública. En primer lugar, se hace necesario generar un conjunto de normas que den cuenta de las competencias asociadas a algunos oficios. En segundo lugar, incentivar a que aquellos que no tengan el certificado pero sí tengan las competencias, que se certifiquen. Tercero, en aquellas situaciones en que aún les falta algunas competencias para obtener su certificación, dar señales de mercado para potenciar una oferta de enseñanza que permita que ello ocurra. Y, cuarto, que cursen los módulos necesarios para cumplir con la norma. Como ven hay mucho por hacer.



Publicaciones relacionadas:




Columnas relacionadas:




Videos relacionados:




Audios relacionados:




Perspectivas relacionadas: