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La ciudad del hombre Araña

Pablo Allard

Publicada el: 11/07/2007


La Tercera, domingo 24 de junio de 2007

Saliendo a pasear le muestro a mi hijo de 4 años el hermoso panorama cordillerano que se abría luego del temporal. A lo que el pequeño responde: “papá, ¿esas telarañas son de Spiderman?” Aludiendo a la maraña de cables que se interponía entre nosotros y el panorama. Mi primera impresión fue de vergüenza, ya que por costumbre ya casi ni acusamos esa masa inerte y pesada que cuelga sobre nuestra ciudad. Luego vino la indignación, al recorrer el trazado y reconocer que la gran mayoría de esos cables están hoy en desuso, peligrosos colgajos que caen al suelo mal amarrados, que exigen el reforzamiento de postes y son la excusa para que insensibles “jardineros” municipales cercenen nuestros árboles dejándolos como muñones de leproso bajo la excusa de la necesaria poda. Muchos barrios del país cuentan con un patrimonio arbóreo maduro y valiosísimo, y si no podemos disfrutar de los frondosos árboles de amplias copas que vemos en los países desarrollados, en gran parte es por culpa de estos señores “manos de tijera” que ya comentaremos en otra columna.

Volviendo al tema del tendido aéreo, llama la atención que si bien se los asocia a los “cables de luz o teléfono”, de un tiempo a esta parte el tendido aéreo urbano se ha hecho cargo de una serie de otros servicios que han complejizado su gestión y dificultado su manejo. A la electricidad y alumbrado público se sumó la telefonía, luego la televisión por cable y finalmente la transmisión de datos e Internet. El problema hoy se agudiza dada la hibridización y convergencia de estas tecnologías. Las empresas de telecomunicaciones iniciaron una competencia despiadada durante los años ochenta y noventa que aumentó en forma dramática el número de cables sobre nuestras cabezas. Las recientes fusiones han limitado esa competencia, pero los cables sobrantes quedaron instalados y obsoletos. Hoy se levanta otra vorágine de competencias producto de la convergencia tecnológica: las empresas de televisión por cable decidieron proveer telefonía e Internet, las telefónicas ahora ofrecen televisión y por si no lo sabían, la tecnología actual permite transmitir datos por la red eléctrica ya instalada, tanto pública como domestica.

Si bien las telecomunicaciones y la transmisión eléctrica son de los mercados más regulados, llama la atención el poco cuidado que las autoridades le han dado a sus consecuencias físicas y urbanas. Más allá del riesgo natural a que algún temporal corte el tendido (como sucedió el viernes en Lo Barnechea) o que algún menor se electrocute elevando volantines con hilo curado, el impacto ambiental de esta infraestructura es superior al mero aspecto estético-visual, especialistas incluso han advertido que esta basura aérea alberga gran número de plagas urbanas como palomas y cotorras argentinas.

Lamentablemente, la responsabilidad y tuición sobre las redes aéreas está en el limbo, Chilectra es dueña de casi todos los postes de la Región Metropolitana, pero la regulación sólo los hace responsables de los cables eléctricos. El mantenimiento de las redes de las empresas de telecomunicaciones es responsabilidad exclusiva y obligatoria de dichas empresas, lo que implica que cada una de ellas debe hacerse cargo que sus tendidos estén en buenas condiciones y de eliminar los cables en desuso. Esto amarra de manos a Chilectra para aliviar la carga de sus postes, y como ya es costumbre en nuestro país, la fiscalización respecto al retiro de cables inertes es mínima.


La paradoja en todo este problema es que la iniciativa para solucionar el problema surgió de la misma Chilectra, quienes con gran entusiasmo lanzaron hace tres años una campaña y un plan que permita soterrar las líneas áreas de su área de concesión (33 comunas de la Región Metropolitana) de una manera sistemática y ordenada. La campaña consistía en establecer una sociedad entre empresas y Gobierno para llevar a cabo una colaboración público privada, en la cual las municipalidades, compañías eléctricas y de telecomunicaciones deberían coparticipar y cofinanciar el proyecto para reducir el impacto visual de los cables sobre la ciudad. Si bien en un inicio el MINVU, las municipalidades y la academia apoyaron con entusiasmo la iniciativa, la total desidia de los entes reguladores y las empresas de telecomunicaciones dejaron esta notable iniciativa tan colgada como los cables que pretendía bajar. Ahora que el alto valor del cobre ha generado un nuevo mercado de robo de cables con desastrosas consecuencias, se podría pensar en reflotar la iniciativa, pero lamentablemente las cantidades de cobre que contienen los cables de telecomunicaciones son mínimas. De aquí nuevamente el desinterés de las empresas de telecomunicaciones en el retiro y reciclaje, ya que el costo de ello supera el costo de utilizar cables nuevos, por lo que las empresas prefieren sólo tender nuevas líneas.

Es de esperar que las autoridades reaccionen y hagan de una vez por todas bien la pega, y no sigan creyendo que estos aspectos “estéticos” son ajenos a su cartera o marco regulatorio. Es urgente trabajar en el desarrollo de medidas reglamentarias más estrictas que permitan a las entidades fiscalizadoras mayores facilidades para la supervisión y aplicación de sanciones, generar incentivos e incluso programas de concesiones para la construcción y operación de poliductos, y así algún día lograr el soterramiento total de las redes y la recuperación de nuestro paisaje urbano.