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Más allá de la salud: alcanzando la equidad

Iris Delgado

Publicada el: 25/07/2007


Diario Financiero, míércoles 25 de julio de 2007

No cabe duda que nuestro país ha experimentado importantes avances sociales y económicos, los que nos ayudan a comprender la buena situación general de los indicadores de salud de su población. Estas mejorías se explican por el progreso en términos de disminución de algunas de las brechas según género, la reducción de la pobreza e indigencia y la preocupación por mejorar el acceso y calidad del sistema de salud. Sin embargo, aún constituye un desafío para las autoridades y la sociedad en su conjunto disminuir las brechas de desigualdad y erradicar las inequidades que todavía persisten y que se vuelven determinantes de la salud de las personas.

Si bien, las mujeres han incrementado su participación en el mercado laboral, sus condiciones son menos favorables que las de los hombres, con empleos de menor calidad desde el punto de vista de la protección social y salarios más bajos. Estas diferencias resultan importantes porque también hay una tendencia al incremento del número de jefas de hogar, lo cual implica que estas familias son más vulnerables.

Aunque la mortalidad infantil en Chile en el último trienio disminuyó a 8,2 niños por mil nacidos vivos, sin embargo, el diferencial de mortalidad entre hijos de madres de grupos educacionales extremos aumenta. Por ello, en los próximos años, los programas orientados a disminuir estas inequidades debieran apuntar a los grupos de mayor riesgo como lo son las mujeres embarazadas con bajo nivel de escolaridad, pertenecientes a etnias y que residen en comunas con bajos ingresos. Para el sistema de salud chileno, es posible identificar anticipadamente a esta población e intervenir con estrategias que protejan al binomio madre-hijo, insertándolos adecuadamente en la red de protección social, ya sea pública o privada, para mejorar sus condiciones de vida y asegurar su bienestar.

Según la encuesta CASEN 2003, más del 60% de la población declara tener una salud buena o muy buena, esta percepción es distinta según sexo, edad, tipo de seguro y nivel de escolaridad e ingresos. Los hombres jóvenes, de mayor nivel socioeconómico, son quienes se perciben con mejor salud. En el otro extremo, las mujeres mayores, de quintiles pobres son las personas que reportan peor salud. El mismo instrumento también mide el acceso a los servicios y atención de salud y muestra que la amplia mayoría (73%) satisface las necesidades, tanto en el sector público como en el privado. Los menores de 5 años y los mayores de 60 son los grupos con más demandas de atención de salud.

Si a esta exploración se suma la situación de la población que pertenece a las etnias originarias de nuestro país, se podrá constatar que ellos manifiestan perfiles de riesgo aún más acentuados que las personas de menor educación. De aquí surge una recomendación de política pública, que es incluir esta característica de las personas en los instrumentos de registros regulares que se hacen en el sector salud, para conocer mejor su situación en este ámbito y actuar en consecuencia.

En relación con la esperanza de vida, nuestra población ya ha alcanzado el nivel de los países desarrollados. En el último trienio, a nivel global, se observa un aumento tanto para hombres como para mujeres. Pero nuevamente, desde el punto de vista de la equidad, los progresos no alcanzan a todos por igual y el análisis según nivel de escolaridad muestra que, en el grupo de los hombres sin educación, hay una leve disminución de la esperanza de vida temporaria a los 20 años. En las mujeres, el aumento global observado se explica, principalmente, por la ganancia en los grupos de mayor educación.

De este análisis surgen como foco de interés para mejorar el nivel de salud del país aquellos factores sociales que no necesariamente pueden resolverse exclusivamente desde el sector salud y que tienen efectos que podrían ser aún más importantes que la atención médica. Todo ello nos lleva a la necesidad de atender a “las causas de las causas”, es decir, abordar el gradiente socioeconómico en su relación con el estado de salud del individuo y de las comunidades, lo cual constituye un modelo más integral para intervenir en las inequidades sanitarias. De esta manera, el diseño de políticas públicas podría ajustarse mejor a los grupos a quienes se dirige, de manera que su impacto tienda a cerrar las brechas de equidad y no a incrementarlas, como puede ocurrir con políticas universales, que a la larga favorecen predominantemente aquellos que están más preparados o en mejores condiciones para utilizarlas y no llegan en verdad a los mas necesitados.

La posibilidad de desarrollar información de alta calidad para evaluar el impacto de las políticas públicas permite generar la discusión sobre la aplicación de unas u otras estrategias, ya sea de políticas universales o de focalización, según su pertinencia en el momento. Con la incorporación de la mirada de la equidad social, será posible incluir también a aquellos sectores, como educación, trabajo, justicia, ambiente y otros, que deben aportar para que los sistemas de salud entreguen la mejor atención médica disponible y ésta beneficie a toda la población por igual, independientemente de su posición o condición en la escala social.

Este artículo fue escrito en conjunto con Liliana Jadue, docente de la Universidad del Desarrollo.



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