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El Cartel de los carteles

Pablo Allard

Publicada el: 04/08/2008


La Tercera, domingo 3 de agosto de 2008

La contaminación visual ha llegado a un límite inaceptable. Si hasta hace poco teníamos que aguantar la arremetida de gigantes carteles con voluptuosas modelos ofreciendo carriers, autos del año y cerveza en la vía pública, hace un par de semanas, uno de estos letreros colapsó y por poco aplasta una modesta casa colindante. La falla estructural es algo que en muchos casos se puede explicar, pero lo inexplicable es que dicha estructura no estaba regularizada ni autorizada.

Por otro lado, el magnífico paisaje y las amplias vistas de la cordillera que ofrecen las nuevas autopistas, son sistemáticamente obstruidos. Muchos creen que es un negocio extraordinario de las concesionarias, pero por el contrario, son su peor dolor de cabeza. La legislación de seguridad vial es muy estricta respecto de la ubicación de carteles publicitarios en las cercanías de autopistas, por sus efectos de obstrucción y distracción a los automovilistas, y establece distancias mínimas para su emplazamiento. El problema está en que los carteles se ubican precisamente fuera del límite de concesión, donde vacíos legales sortean las restricciones, pese a que muchos de ellos estén a pocos metros de la vía. Conversando con los técnicos a cargo del Túnel San Cristóbal, luego de la masiva intervención en el paisaje, controversias y esfuerzos que pusieron en mitigar en parte el impacto causado en los faldeos al norte del cerro, les pregunté cómo era posible que tuviesen esos horrendos carteles y gigantografías publicitarias que a la larga afectan más al paisaje que el mismo túnel. Su respuesta fue lapidaria: los terrenos donde están son privados, y el dueño no solo los arrienda a muy alto costo, sino además exigió que el túnel le construyera un acceso que significó grandes inversiones y más impacto en el cerro.

La contaminación visual de los carteles es la gran trampa de los gobiernos locales, ya que pueden ser fuente importante de recursos extraordinarios para programas sociales. El caso de Recoleta tiempo atrás era tan evidente, que se exigía a todas las pancartas publicitarias hacer alusión a que los fondos recolectados se aplicarían a la campaña “Recoleta ponte bella”. La campaña ha sido exitosa, pero queda la pregunta de “hasta qué punto los cuidados del sacristán terminarán por matar al cura”.

Si Recoleta, Huechuraba, Cerro Navia y Conchalí pueden eventualmente justificar la necesidad de llenarnos de feos y peligrosos carteles, más difícil será para Vitacura o Lo Barnechea explicarnos por qué han tapizado las vistas de la cordillera con verdaderos edificios publicitarios en la ribera sur del Mapocho.

Intereses y quejas estéticas aparte, el Cartel de los carteles manifiesta otros problemas. Es claro que la modesta familia que por años vivió en la periferia, al momento de llegar la autopista y recibir la oferta para arrendarle el patio trasero, no dudará en aceptar convivir con una mega estructura con tal de asegurar un ingreso. Pero no deja de inquietar la perversidad que debe haber en las renegociaciones del arriendo, los efectos en la calidad de vida de esas familias y sus vecinos que no reciben un peso y quedan a la sombra de día y sin dormir por la luz de noche.

La publicidad es necesaria, pero conducida con mayor creatividad. El problema está en nuestros alcaldes y concejales, que capturados por los intereses cortoplacistas permiten que se sigan emplazando estas gigantes manchas visuales cuando la solución pasa por una simple ordenanza y fiscalización. Dudo que en período de elecciones, en que muchos estarán preocupados de pegar carteles y financiar sus campañas, encontremos alguno capaz de limpiar su comuna.



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