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¿Podemos terminar la segregación?

Pablo Allard

Publicada el: 11/08/2008


La Tercera, domingo 10 de agosto de 2008.

Si hay algo que caracteriza las ciudades chilenas es la segregación espacial, que por más de medio siglo ha acrecentado las diferencias sociales y económicas entre los ciudadanos, generando instancias de inequidad urbana, tales como ghettos y bolsones de pobreza con tremendas consecuencias sociales.

Muchos hablan de verdaderas “ciudades dentro de la ciudad” o que en Chile existen barrios del primer mundo, mientras otros aún están en el tercero. Un ejemplo de lo absurdo de la situación es la cruel paradoja de que en la mayoría de los hogares de clase media y alta en Chile convivimos diariamente con empleadas domésticas, a las cuales confiamos nuestros hijos y más preciados bienes, pero que irónicamente no pueden vivir en nuestros barrios o comunas y deben desplazarse por más de tres horas, cruzando la ciudad para llegar a sus hogares.

Lo mismo pasa con empelados, obreros y tanta gente honesta, que diariamente debe atravesar las barreras de la segregación. ¿Por qué llegamos a esto? Las políticas de suelo y vivienda implementadas en los últimos 25 años han tenido una incidencia directa en las condiciones de vida de barrios y comunidades. En los 80, los programas de erradicación de campamentos desarrollados por el régimen militar significaron el traslado masivo de poblaciones de escasos recursos desde áreas centrales hacia la periferia. Si bien estos programas ofrecían soluciones por la vía de regulaciones que redujeron la oferta de suelo urbano, lo que detonó la especulación y limitó la oferta de suelos para vivienda social.

Estas dinámicas superaron la capacidad de los instrumentos de planificación vigentes y de las autoridades locales para asegurar la provisión de equipamiento y suplir las necesidades de servicios, esparcimiento, educación y socialización. En el caso de los nuevos barrios de viviendas sociales, estas carencias se acentuaron, en parte, debido a la sobrecarga que estos conjuntos generan en los servicios municipales, los cuales no perciben ingresos suficientes para cubrir las demandas, ya que la vivienda social está exenta del pago de contribuciones de bienes raíces.

Los costos de esta forma de hacer ciudad los estamos pagando todos hoy, y Transantiago es la mejor prueba de ello, poniendo en evidencia las enormes distancias que muchos santiaguinos deben recorrer para ir de sus hogares al trabajo o servicios.

Otras consecuencias más dramáticas son la exclusión, marginación y falta de oportunidades para los jóvenes, que terminan manifestándose en expresiones de asociación antisistémica como encapuchados, narcotráfico, crimen, pandillas o barras bravas.

Ante esto, hay dos salidas: encerrarnos bajo siete llaves, cámaras de vigilancia y cercos eléctricos, o nos abrimos a “reparar” la deuda urbana que se tiene con nuestras ciudades.

En este aspecto, tanto el mercado como las autoridades han reaccionado a esta situación. Y ya advertimos como se están produciendo dinámicas de colonización de equipamiento –malls y centros comerciales se convierten en verdaderos subcentros de servicios y esparcimiento- y que viviendas de estratos socioeconómicos medios (condominios cerrados) se instalan en áreas tradicionalmente estigmatizadas. Además, una nueva gama de subsidios y programas fomentan la recuperación de barrios, la mejor localización de la vivienda social y la integración.

Estas dinámicas ya son visibles en Peñalolén, Huechuraba, Quilicura, Puente Alto, Pudahuel y Renca, y evidencian que, al menos como sociedad hemos tomado conciencia del problema.

Todavía hay muchos matices respecto de cómo implementar políticas y programas que incentiven la integración social. El gobierno sugiere establecer cuotas de vivienda social para nuevos proyectos inmobiliarios, o premios en constructibilidad para proyectos mixtos. Estas medidas pueden ser consideradas por algunos como forzosa ingeniería social y despiertan dudas respecto de la viabilidad de su implementación, pero son herramientas que, por utópicas que parezcan, internalizan la necesidad de corregir las fallas de mercado.

El solo hecho de que ya estemos discutiendo esta materia es un gran avance. Todavía es tiempo de revertir esta deuda urbana, que debemos enfrentar con creatividad, voluntad y decisión.



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