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¿Dos pájaros de un tiro?

Jorge Navarrete

Publicada el: 13/08/2007


La Segunda, viernes 8 de junio de 2007

Hace aproximadamente tres meses atrás, en este mismo espacio, publiqué un artículo en el que junto con resaltar que no debíamos confundir integración con dependencia, defendí la urgente necesidad de diversificar nuestra matriz energética, en especial echando mano de aquellos recursos que históricamente han contribuido de forma sustancial a la generación eléctrica: me refiero al agua, el carbón, el diesel y el gas natural.

Sin embargo, cada una de estas alternativas presenta ventajas y desventajas. Nuestro país posee todavía importantes reservas de carbón, las que desgraciadamente –por tener un bajo contenido calórico- debe mezclarse con otras sustancias, lo que finalmente lo hace una fuente muy contaminante. El diesel tenemos que importarlo a un precio cada día más alto, transformándose en la fuente energética más cara en el mercado. No tenemos gas natural, al menos no conforme a las expectativas que ciframos producto del protocolo de acuerdo con Argentina, razón por la cual tendremos a futuro que importarlo de Trinidad y Tobago o Indonesia, en la forma de gas licuado (siempre y cuando se concluya de una vez la planta de GNL de Quinteros). Por último, tenemos agua y fluentes fluviales en abundancia, lo que sin embargo ha generado un fuerte debate ambiental respecto de la futura construcción de más centrales hidroeléctricas.

Confieso que con ocasión de esa anterior columna, minimicé el impacto real que el uso de fuentes alternativas –léase por ejemplo, la geotermia, el biodiesel, o la energía eólica- tiene para satisfacer la creciente demanda energética de un país que, más allá de los esfuerzos por utilizar de forma más racional este recurso, se ha expandido en forma vertiginosa. Sin embargo, un interesante intercambio epistolar con un distinguido lector de este vespertino, me ilustró sobre otra alternativa que deberíamos considerar seriamente: la construcción de plantas de energía mareomotriz, es decir, que utilizan la fuerza de las mareas o corrientes marinas para la generación eléctrica.

Así por ejemplo, existiría la factibilidad de construir un viaducto sobre el Canal de Chacao, que consistiría en un terraplén bajo el cual se colocarían turbinas para generar electricidad. El material sería puesto sobre el lecho marino, a una profundidad de setenta metros, sobre las que se colocarían las piezas del puente que –con pasarelas que permitieran el tráfico naviero- podría unir en forma vial a la isla y el continente. En concreto, instalar un total de 200 turbinas, cada una con una potencia máxima de 15 MW, significaría una generación de 3.000 MW, es decir, casi la mitad del consumo del Sistema Interconectado Central (SIC). Si a lo anterior sumamos que un proyecto de esta naturaleza podría construirse en un plazo no superior a tres años y con una inversión de de 75 millones de dólares (algo así como seis veces menos que los recursos calculados por el MOP para la construcción del “puente de la discordia”), lo transforma en una alternativa ambientalmente pura, barata y estable en el tiempo. Como si fuera poco, permitiría satisfacer la tan anhelada conectividad a la que aspiran los habitantes de Chiloé.

Como ésta, también hay otras posibilidades. Con todo, se requiere un pronunciamiento más explícito del gobierno, donde se señale de una vez por todas cuál será el rumbo de nuestra estrategia de desarrollo energética. En ausencia de esa definición, las ideas seguirán quedando en el papel.