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¿Cuánto nos importa la educación superior?

José Joaquín Brunner

Publicada el: 22/12/2009


El Mercurio, domingo 22 de diciembre de 2009

A pesar de los cambios, las altas expectativas que las familias y los jóvenes ponen en ella y la retórica de su importancia para el futuro del país, la verdad es que este sector ocupa un lugar marginal en el debate público.


En las próximas horas comienza el masivo proceso de inscripción de nuevos alumnos en las instituciones de educación superior a lo largo del país. Más de 270 mil estudiantes se agregarán a la matrícula nacional en todos los niveles y programas de la enseñanza terciaria, que para el Bicentenario alcanzará a más de 850 mil estudiantes.

A su turno, este año se graduarán o titularán alrededor de 100 mil técnicos superiores, profesionales e investigadores en las diversas áreas del conocimiento. Estas cifras reflejan un extraordinario avance con respecto a 1990, cuando la matrícula total era de 245 mil alumnos, los nuevos alumnos fueron 40 mil y los titulados en ese año bordeaban apenas los 25 mil.

A pesar de tan impresionantes cambios, de las elevadas expectativas que las familias y los jóvenes ponen en la educación superior y de la habitual retórica sobre su importancia clave para el futuro del país, la verdad es que este sector o industria del conocimiento, como suele llamársele, ocupa un lugar marginal en la agenda y el debate públicos.

Por ejemplo, durante los últimos meses de campaña presidencial -pobre, en general, en cuanto a reflexión sobre los temas de fondo del desarrollo del país- este sector ha estado prácticamente ausente de la discusión. Lo mismo ocurre con la ciencia, la tecnología y la innovación.

Por su lado, el Gobierno, que en su momento encomendó a una comisión asesora proponer políticas para este sector, guardó esa propuesta junto a otro valioso informe preparado por la OCDE. Los partidos políticos se hallan, en general, alejados de las discusiones sobre la educación superior, a pesar de que allí se forman, en su gran mayoría, las élites que durante los próximos 30 años dirigirán la política y la sociedad.

Algo similar ocurre con el empresariado; a diferencia de sus pares de los países de la OCDE, y con escasas excepciones, los empresarios chilenos no participan en la deliberación pública sobre el futuro de este sector donde se crean el conocimiento y el capital humano necesarios para una economía competitiva ni contribuyen significativamente a la inversión en innovación.

También la prensa juega un rol secundario en este ámbito: su información y análisis de la educación superior suele ser superficial, centrándose de preferencia en aspectos llamativos, pero de escasa relevancia.

Incluso las propias instituciones de educación superior alimentan este juego de bajo perfil. En efecto, ellas carecen de una voz representativa en la esfera pública; ni siquiera las universidades han podido reunir una palabra que las exprese en su conjunto. Más bien, su presencia en el debate de políticas suele limitarse a una defensa más o menos encubierta de conquistas corporativas. Tampoco estimulan ellas la investigación sobre aspectos claves de la educación terciaria, tales como las modalidades del financiamiento institucional, la eficiencia interna y externa de las universidades, la reforma curricular y de grados y títulos, la información debida al público, las formas de gobierno de las instituciones, etc.

En suma, mientras durante las últimas dos décadas la educación superior ha devenido uno de los sectores de mayor dinamismo de la sociedad chilena, este dinamismo no se manifiesta ni en la conciencia, ni en la comunicación, ni en la acción de los principales agentes que participan en este sector.



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